martes, marzo 27, 2007

Primera Parte

La playa se extendía en el horizonte, el mar en calma rozaba los bordes del cielo.
Leónidas paseaba agitado e indeciso, una línea de preocupación ensombrecía su frente, surcada por las marcas del aire libre de sus tierras.
Levantándose hacia las rocas, una bandada de cormoranes aleteó al unísono, el ruido de las alas contra el viento se mezclaba junto al suave murmurar del hombre, que iba y venía como un hombre preocupado, no temeroso, arrastrando su espada contra la arena.
Leónidas apretó con fuerza su puño y lo estrelló contra la arena. Un cormorán estalló en graznidos, atento desde su atalaya a los movimientos del humano.
El agua comenzaba a juntarse en su marea diaria, pronto la playa sería una extensión de mar, y los pájaros sabios ya no se arriesgaban a la inundación. El sol se extinguía en la línea del destino, precisamente su fortuna, trataba de averiguar Leónidas, haciendo conjeturas sobre los surcos de la arena, una vez más, levantó un puñado y lo dejó caer suavemente, mientras recordaba los pases de magia de la bruja lasciva de la caverna.
Ella le había enseñado a leer en la naturaleza lo que no podía entender en el pensamiento de los hombres.
Pero la marea seguía apoderándose de ese reducto de playa, el día concluiría en la misma soledad de todos los días y todas las noches, a Leónidas, ser atrapado por las aguas, no le importaba en absoluto, después de haber conducido a sus guerreros a una catástrofe, y tras la pérdida de la fe en su propio poder como jefe, pensaba que el castigo de Zeus era solo cuestión de poco tiempo.
Pero no llegó Zeus a odiar tanto al mortal, o el mortal no le temió lo suficiente, y el hombre que admiraba la libertad y el valor de su estirpe, acabó por recoger su manto púrpura y su espada, levantó su escudo de entre las rocas, y comenzó a trepar por la pared del acantilado, dispuesto a salvar su vida un día más...

lunes, marzo 26, 2007